Cuentos para Halloween (V): Barra libre

Iker no vio venir el golpe, seco y contundente, contra su estómago. El dolor agudo le dejó sin respiración, pero al cabo de unos segundos se sintió aún peor. Irguió la cabeza y a duras penas consiguió escrutar aquellos ojos que le penetraban como alfileres.

A lo largo de su carrera había presenciado el descalabro de muchos colegas, gracias a los cuales pudo fabricarse un disfraz impermeable a las salpicadura. Pero ese día la suerte le pilló desprevenido. Intentó rehacerse sobre su silla color wengue, bebió un gran sorbo de agua mineral y notó algo parecido a un coágulo disolviéndose en su garganta.

El director creativo de Triler & Co. era un tipo respetado por su carácter y por sus éxitos. Estratega, resolutivo y soberbio, fue nombrado jefe de departamento con apenas 25 años, curiosamente en la misma sala donde ahora estaba a punto de claudicar. «Trabajamos para complacer al cliente, no al público. Si este se siente engañado, no es nuestro problema, es el suyo. Y cuando eso ocurra, volverá pidiendo ayuda», dijo en aquel discurso de presentación. Muchos discreparon. Nadie alzó la voz.

– Hay quien piensa que su agencia es coautora de un delito-, pronunció una figura femenina desde el fondo de la sala. – ¿Va usted a dimitir?-, disparó.

– Por favor, no estamos aquí para buscar culpables sino para esclarecer la verdad-, interrumpió el jefe de gabinete desde su estudiada posición junto a la puerta de atrás.

El publicista dejó que el silencio se adueñara por un momento de la situación. Repasó entonces algunas de las reacciones, casi siempre desesperadas y vergonzantes, de aquellos desgraciados a los que vio precipitarse al vacío. Y también a los que empujó.

Fluía la tensión mientras en su cabeza resonaban las voces inquebrantables de ministros, consejeros, reyes, empresarios, futbolistas y, en general, de todos aquellos reconocidos miembros de la farándula pública que a diario blandían la espada del perdón para zafarse de la guillotina. Si a ellos le funcionaba, él podría conseguirlo también.

Bien pensado, no había mejor campaña de marketing que la disculpa. Todo el mundo prefería usar una excusa o un eufemismo antes que retractarse de un error. Menos cuando era otro el que lo cometía; entonces sí, todos exigían una muestra de arrepentimiento. No importaba si honesto o fingido. ¿Acaso había forma de averiguarlo? El perdón no era más que una ilusión e incalculable su valor.

Recompuesto, se dispuso a vender el producto más difícil de su vida:

– Lamento que la agencia a la que represento se haya visto envuelta en el escabroso asunto de las tarjetas bancarias. Nadie, ni siquiera nosotros, podíamos sospechar que estaba en juego el dinero de los contribuyentes. Ni que los intereses generados se destinaran a comprar la voluntad de asesores, consultores, sindicalistas y ex políticos jubilados. Cometimos un error aceptando el encargo de esa campaña de publicidad…

– Disculpe pero, ¿por qué ocultaron la letra pequeña en sus anuncios?-, preguntó uno de los periodistas allí congregados.

– ¿De verdad quiso hacer creer a la gente que alguien da duros a cuatro pesetas?, expuso otro.

– ¿Le hubiera recomendado ese producto tóxico a sus amigos o sus hijos?, inquirió un tercero.

Durante unos instantes, el silencio volvió a interrumpir en la sala de prensa. Pero esta vez, antes de que ningún periodista tuviera tiempo de contraatacar, el hábil creativo asestó el eslogan definitivo:

Solo puedo decir que lo siento y que no volverá ocurrir.

Una hilera de flashes comenzó a ametrallar el rostro del alquimista de la propaganda. De repente, uno de ellos le cegó por completo. El tumulto que se había formado a su alrededor penetró como una bocina en sus oídos, hasta dejarle totalmente sordo. Después se sucedieron una serie de espasmos, vómitos y, finalmente, se le detuvo el corazón.

A la mañana siguiente todos los medios se hicieron eco del trágico suceso. La campaña fue cancelada y la agencia rompió el contrato publicitario con el banco. Sin embargo, pocos repararon en una pequeña esquela publicada entre las páginas del periódico de mayor tirada nacional. Una cita a modo de advertencia que rezaba así:

«Nadie te invitó a esta barra libre. DEP»

hallo

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